lunes, 15 de septiembre de 2025

Jeremías

Jeremías nació alrededor del año 650 a.C. en Anatot, cerca de Jerusalén, en una familia sacerdotal. Desde muy joven, Dios lo llamó a ser profeta, pero él se resistió alegando que era solo un muchacho. Sin embargo, el Señor le tocó la boca y lo hizo portavoz de una misión dura: denunciar el pecado de su pueblo y advertir la destrucción que se acercaba si no se convertían.

Fue testigo del derrumbe moral de Judá y la llegada del Imperio Babilónico. Predicó en el templo, habló con reyes, fue golpeado, encarcelado y despreciado. Lo llamaron traidor por anunciar que Jerusalén sería conquistada. Vivió la caída de la ciudad y lloró su ruina con las palabras más desgarradoras del Antiguo Testamento.

A pesar de todo, nunca dejó de hablar en nombre de Dios. Su corazón era fuego, y aunque quiso callar muchas veces, la Palabra ardía en su interior.

Murió en el exilio, posiblemente en Egipto, sin ver la restauración de su pueblo. Pero su legado fue inmenso: nos dejó el libro de Jeremías, las Lamentaciones, y una vida entera de fidelidad en medio del rechazo.

Jeremías no fue un profeta del éxito, sino de la resistencia interior. Su alma estaba hecha para decir la verdad aunque doliera, aunque lo dejara solo.

Por eso, aún hoy, cuando todo parece derrumbarse, muchos lo recuerdan como un hombre estoico, que prefirió llorar con Dios… antes que mentir para agradar.







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