Jacob, fue hijo de Isaac y Rebeca, también conocido como Israel.
Jacob representa la lucha interior. No fue un hombre recto desde el inicio: engañó, huyó, temió. Pero también amó profundamente, trabajó con constancia, y luchó con Dios toda una noche hasta que fue transformado. Su vida fue una peregrinación del ego a la verdad.
Jacob no fue santo por su perfección, sino por no soltar a Dios ni siquiera cuando todo dolía.
+ EL PASTOR QUE LUCHÓ POR SU BENDICIÓN
El oficio de Jacob fue claro desde joven: pastor y cuidador de rebaños.
Trabajó durante años al servicio de su suegro Labán, día y noche, soportando calor, frío y desvelos. Sus manos olían a ovejas, sus ojos cargaban el cansancio del desierto.
Pero mientras trabajaba, también soñaba y oraba. En Betel, con una piedra como almohada, soñó con una escalera que unía cielo y tierra. Y en medio de su jornada de pastor, Dios le prometió descendencia y tierra.
Su oración no era cómoda:
luchó con Dios en la noche hasta arrancarle una bendición.
Su fe estaba hecha de trabajo duro y de resistencia espiritual.
De día me consumía el calor, y de noche la helada, y el sueño huía de mis ojos.” (Génesis 31:40).
Jacob nos enseña que la bendición llega al que trabaja con manos cansadas, pero también con rodillas firmes en la oración.


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