Elías, uno de los profetas más grandes del Antiguo Testamento, es conocido por su ardiente celo por Dios, sus milagros y su papel en la restauración de la fe en Israel durante un tiempo de gran apostasía. Su historia se narra principalmente en los libros de 1 Reyes y 2 Reyes.
Elías vivió durante el reinado de Acab, rey de Israel, y su esposa, Jezabel, quienes promovieron el culto a Baal y Asherá, desviando al pueblo de la adoración al Dios verdadero. En este contexto, Elías fue enviado por Dios como un profeta para confrontar la idolatría y llamar al arrepentimiento.
Elías anunció una sequía de tres años como castigo divino por el pecado de Israel (1 Reyes 17:1). Durante este tiempo, fue alimentado milagrosamente por cuervos junto a un arroyo y luego por una viuda en Sarepta, cuyo aceite y harina no se agotaron (1 Reyes 17:8-16).
Elías oró por el hijo de la viuda de Sarepta, quien había muerto, y Dios lo devolvió a la vida, demostrando Su poder a través del profeta (1 Reyes 17:17-24).
En uno de los momentos más dramáticos de su ministerio, Elías desafió a los profetas de Baal a demostrar el poder de su dios en el Monte Carmelo. Mientras los profetas de Baal fracasaron, Elías oró, y Dios envió fuego del cielo que consumió su sacrificio, mostrando que Él era el único Dios verdadero (1 Reyes 18:16-39).
Después de la confrontación, Jezabel amenazó con matarlo, y Elías huyó al desierto. Allí, desanimado y agotado, fue consolado por un ángel y recibió alimento para continuar su misión (1 Reyes 19:1-9).
En el monte Horeb, Elías experimentó la presencia de Dios no en el viento, el terremoto o el fuego, sino en un suave murmullo, reafirmando que Dios actúa de maneras inesperadas (1 Reyes 19:11-13).
Al final de su vida, Elías fue llevado al cielo en un carro de fuego, dejando su manto a Eliseo, su discípulo y sucesor (2 Reyes 2:11-14).
Elías es recordado como un modelo de fe y valentía. En el Nuevo Testamento, aparece junto con Moisés en la Transfiguración de Jesús (Mateo 17:1-13). También es visto como un precursor del Mesías, y su espíritu se identifica en Juan el Bautista (Lucas 1:17).
Elías, el profeta del fuego, surge en la historia cuando Israel está sumido en la idolatría bajo el reinado de Acab y su esposa Jezabel.
No sabemos nada de su infancia. Solo que apareció, con la fuerza del trueno, diciendo “¡No lloverá hasta que yo lo diga!” (1 Re 17). Y así fue.
Vivió escondido junto a un arroyo, alimentado por cuervos. Después, en casa de una viuda extranjera, multiplicó harina y aceite, y devolvió la vida al hijo muerto. Fue profeta de milagros, pero sobre todo, de fuego.
Su momento más épico fue en el monte Carmelo. Allí desafió a 450 profetas de Baal en una batalla espiritual “El Dios que responda con fuego, ese es el verdadero.” Y el fuego cayó del cielo. Todo Israel se postró, pero Jezabel lo amenazó de muerte. Elías huyó al desierto. Quiso morir. Se sintió solo, fracasado… hasta que Dios lo levantó con un susurro, no con truenos.
No murió como los demás. Fue arrebatado al cielo en un carro de fuego. Por eso se dice que volverá. Y muchos, incluso en tiempos de Jesús, creían que Elías aún caminaba entre los hombres.
Elías no fue un santo cómodo. Fue un alma ardiente, rebelde, celosa de Dios. Un hombre de fuego que supo también llorar y temblar en soledad. Eso lo hace inmenso.


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