Fue llevado cautivo a Babilonia cuando aún era joven, arrancado de su tierra como se arranca una raíz viva del suelo. Allí, entre el polvo del exilio, el templo destruido y un pueblo roto, Ezequiel no se apagó. Se volvió llama.
Dios lo llamó a ser profeta, no con dulzura, sino con visiones que le rompían el alma. Vio ruedas encendidas, rostros múltiples, huesos secos que volvían a la vida. Su lengua fue atada por el mismo Espíritu, para que hablara solo cuando la verdad quemara por dentro. Fue ridiculizado, aislado, herido… pero nunca callado.
Construyó maquetas con ladrillos, se acostó sobre un lado por más de un año, cocinó su pan con estiércol… todo para mostrarle a su pueblo el juicio que venía...
¿Locura? Tal vez....
¿Obediencia? Sin duda....
Porque el verdadero profeta no habla para agradar: habla para despertar.
Cuando todo parecía perdido, Ezequiel vio la gloria de Dios regresar. Y fue él quien gritó: “¡Hijo de hombre, estos huesos vivirán!” Su palabra no fue poesía, fue resurrección. Dio voz al pueblo que ya no creía, y anunció un nuevo templo que no era de piedra, sino de espíritu.
Ezequiel fue el profeta del silencio impuesto y la esperanza imposible. No pidió fama, no pidió victoria. Pidió entender… y obedecer...
EL PROFETA DE LOS HUESOS VIVOS
Ezequiel fue sacerdote llevado al exilio en Babilonia. Allí, lejos de Jerusalén y del templo, Dios le abrió los cielos con visiones impactantes.
Vio un carro de fuego, con seres alados y ruedas que se movían en todas direcciones: una imagen de que la gloria de Dios no estaba limitada a un templo, sino que acompañaba a su pueblo en el exilio.
Más tarde, Dios lo llevó en visión a un valle lleno de huesos secos. Y le preguntó:
-“¿Podrán revivir estos huesos?”
Ezequiel respondió:
- “Señor, tú lo sabes.”
Entonces Dios le ordenó profetizar. Y mientras hablaba, los huesos se unieron, se cubrieron de carne y respiraron vida.
Era una promesa: Israel, muerto en el exilio, reviviría como pueblo.
Ezequiel también anunció un nuevo corazón:
- “Les daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de ustedes. Quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne.”
(Ezequiel 36,26)
¿QUÉ ENSEÑA EZEQUIEL ?
– Que Dios no se queda en los templos, sino que acompaña en el destierro.
– Que ningún exilio es definitivo cuando el Espíritu de Dios sopla vida.
– Que la esperanza no se basa en lo que ven los ojos, sino en lo que puede hacer la palabra de Dios.
– Que la verdadera restauración no es política ni militar: es espiritual, un corazón nuevo.
Ezequiel nos recuerda que incluso los huesos más secos… pueden volver a levantarse...


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