EL PROFETA DEL DIOS SANTO
Isaías tuvo una visión en el templo:
- “Vi al Señor sentado en un trono alto y sublime… y los serafines clamaban:
¡Santo, Santo, Santo es el Señor Todopoderoso!” (Isaías 6,1-3)
En ese instante, se sintió indigno. Reconoció sus labios impuros. Pero un ángel tomó un carbón encendido del altar y tocó su boca:
- “Tu culpa ha sido quitada. Tu pecado, perdonado.”
Y entonces Isaías oyó la voz de Dios:
- “¿A quién enviaré? ¿Quién irá por nosotros?”
Él respondió:
- “Aquí estoy, envíame.”
Isaías no solo habló de su tiempo. Profetizó la venida de un niño:
- “He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y lo llamarán Emanuel.” (Isaías 7,14)
Anunció al Siervo sufriente, que cargaría nuestros pecados:
- “Por sus llagas fuimos sanados.”
(Isaías 53,5)
Y proclamó un reino de paz:
- “De las espadas forjarán arados, y no se adiestrarán más para la guerra.”
(Isaías 2,4)
¿QUÉ ENSEÑA ISAÍAS?
– Que el encuentro con la santidad comienza reconociendo nuestra impureza.
– Que la misión no nace de la fuerza humana, sino de un corazón perdonado.
– Que la esperanza del pueblo no está en reyes ni ejércitos… sino en un niño que traerá paz eterna.
– Que incluso en tiempos oscuros, Dios levanta voces que ven más allá del presente.
Isaías vio el futuro como si estuviera delante de él. Y nos enseñó que toda verdadera profecía apunta a Cristo.

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